No sólo los países, sino también las personas deberemos reinventarnos constantemente para salir mejor parados en la nueva economía de la creatividad del siglo XXI. Cada vez más gente trabajará en empleos que no existían cuando ingresaron en la escuela primaria. La Revolución Industrial que está trayendo las impresoras 3D, los robots y el “internet de las cosas” hará desaparecer muchos empleos y creará muchos nuevos. Los carros que se manejan solos desplazarán a los taxistas, los drones comerciales reemplazarán a los camiones de reparto de paquetes de Fedex o UPS, y los robots —como ya viene sucediendo, especialmente desde el reciente encarecimiento de la mano de obra en China— se harán cargo de cada vez más trabajos manufactureros. A continuación, te mostramos cuales son los cinco secretos de la innovación según Andrés Oppenheimer

Hay un consenso cada vez más amplio de que para generar más innovación productiva los países deben mejorar la calidad de la educación, estimular la graduación de ingenieros y científicos, aumentar la inversión en investigación y desarrollo, ofrecer estímulos fiscales a las compañías para que inventen nuevos productos, derogar las regulaciones burocráticas que dificultan la creación de nuevas empresas, ofrecer más créditos a los emprendedores, y proteger la propiedad intelectual. Todos estos pasos son, sin duda, importantes. Pero mi conclusión, tras hablar con docenas de grandes innovadores y gurúes de la innovación de Silicon Valley, es que todas estas medidas son inútiles a menos que exista una cultura que estimule y glorifique la innovación.

La mayoría de las grandes innovaciones surgen de abajo para arriba, gracias a una cultura del emprendimiento y de la admiración colectiva hacia quienes toman riesgos. No son producto de ningún plan gubernamental. Gastón Acurio no creó un boom de la industria culinaria peruana como resultado de ningún proyecto gubernamental, Jordi Muñoz no se convirtió en uno de los pioneros de la industria de los drones comerciales con ayuda de ningún gobierno, y Richard Branson no construyó su emporio musical ni su empresa de turismo espacial gracias a algún programa gubernamental. Tampoco lo hicieron Salman Khan, el hombre que está revolucionando la educación mundial, ni el chileno Alfredo Zolezzi, ni el guatemalteco Luis Von Ahn, ni muchos otros de los innovadores más destacados. En la mayoría de los casos, las innovaciones son el producto de una cultura en que se venera a los innovadores y se les permite realizar su potencial.

¿Qué es una cultura de la innovación? Es un clima que produzca un entusiasmo colectivo por la creatividad, y glorifique a los innovadores productivos de la misma manera en que se glorifica a los grandes artistas o a los grandes deportistas, y que desafíe a la gente a asumir riesgos sin temor a ser estigmatizados por el fracaso. Sin una cultura de la innovación, de poco sirven los estímulos gubernamentales, ni la producción masiva de ingenieros, ni mucho menos los “parques tecnológicos” que están promoviendo varios presidentes, en la mayoría de los casos con fines autopromocionales.

Crear una cultura de la innovación que aliente la creatividad de abajo para arriba no es una tarea tan difícil como parece. Hoy en día, con los medios masivos de comunicación y las redes sociales, es mucho más fácil generar el entusiasmo colectivo por la creatividad y la innovación que antes. Las campañas de opinión funcionan, tal como ya quedó demostrado incluso antes de la existencia de las redes sociales con las campañas televisivas para combatir el hábito de fumar. Si en Estados Unidos, Europa y varios países latinoamericanos se logró bajar dramáticamente la cantidad de fumadores con campañas televisivas alertando sobre los peligros del cigarrillo, una adicción química, ¿cómo no se van a poder combatir falencias que no producen dependencias físicas, como la falta de tolerancia al fracaso? Cambiar estas culturas y convertir a los innovadores en héroes populares es una cuestión de voluntad política, que pueden alentar los políticos, los empresarios, los sectores académicos o la prensa. Para muchos, ésta debería ser una función primordial de los gobiernos. Según Andy Freire, un emprendedor argentino que fue uno de los fundadores de Officenet, que recaudó 50 millones para su creación de inversionistas como Goldman Sachs, y luego vendió al gigante estadounidense Staples, y que ahora se dedica a invertir en start-ups y promover la cultura emprendedora en Argentina, “hay que generar una contracultura de que hay que animarse a tomar riesgos, y eso tiene que venir desde arriba”. Freire, graduado magna cum laude en economía de la Universidad de San Andrés en Argentina y con estudios de posgrado en Harvard, dice que la clave es convertir el emprendedurismo en “una política de estado, en lugar de una política de la Subsecretaría de Desarrollo Económico”. Hoy en día, todas las iniciativas que veo para incentivar la innovación son la prioridad número 35 de un gobernante”.

Efectivamente, como dice Freire, hay muchas cosas que los gobiernos pueden hacer, pero también hay otras formas de generar la innovación que producen resultados concretos, y que ayudan a cambiar las culturas hostiles al emprendedurismo. Algunas de las más eficaces son las campañas mediáticas de la sociedad civil para fomentar una cultura nacional y familiar de admiración por los científicos y los técnicos, que estimule a los niños a seguir el ejemplo de científicos exitosos. Otra forma de generar más innovación son los premios. Desde hace mucho tiempo, los premios económicos han sido uno de los grandes motores no sólo de innovaciones específicas, sino de cambios culturales para alentar la creatividad.

Segundo secreto: Fomentar la educación para la innovación

El déficit de capital humano para la innovación en la región, ya sea la falta de ingenieros, científicos y técnicos, es dramática. Y el motivo no es ningún secreto: se debe a que la mayoría de los estudiantes universitarios en América Latina se vuelcan a las humanidades y las ciencias sociales. Por un lado, los sistemas educativos latinoamericanos siguen anclados en planes de estudios del siglo XIX, que convierten el estudio de las matemáticas y las ciencias en un suplicio. Por otro lado, los jóvenes al entrar a la universidad suelen sentirse más atraídos por las carreras que se especializan en los problemas más candentes de sus sociedades, lo que explica por qué Latinoamérica está produciendo tantos economistas y tan pocos ingenieros o científicos. Cualquiera que sea el motivo, lo cierto es que mientras en Finlandia y en Irlanda hay 25 graduados en ingeniería por millón de habitantes, en Chile hay sólo ocho graduados en ingeniería por millón de habitantes, en México siete, en Colombia seis, en Argentina cinco, y en el resto de la región aún menos.

¿Cómo estimulan los estudios de matemática, ciencia y tecnología los países más avanzados? En muchos casos, jugando. No es broma: En una entrevista le preguntan a Bill Gates cuál es su sugerencia para lograr que más jóvenes escojan carreras de ciencias e ingeniería, y dijo que las escuelas primarias deberían cambiar radicalmente la forma en que enseñan estas materias. “Tienen que hacer proyectos que sean divertidos para los niños, dijo Gates. Por ejemplo, diseñar un pequeño submarino o un pequeño robot. Y que los niños entiendan que la ciencia es una herramienta para hacer algo que quieren hacer, y no un desierto que tienen que cruzar para quizás encontrar un buen trabajo una vez que lo han atravesado.”

En algunos países, como Singapur, las escuelas primarias escogen a los niños más hábiles con las matemáticas, y los encausan hacia escuelas técnicas desde muy pequeños. Durante una visita a una escuela primaria en Singapur hace unos años, por ejemplo, pude ver cómo, en lugar de pedirles a los niños que hicieran cálculos matemáticos abstractos, la maestra les pedía que calcularan la distancia de un tiro libre en una cancha de fútbol, o la distancia que guardaban los músicos en el podio durante un concierto de rock. En la escuela secundaria, los países más exitosos se aseguran de que todas las escuelas tengan laboratorios de química y física modernos para que las materias científicas sean aprendidas de la manera más divertida posible. La clave, coinciden todos los estudios, es hacer que las ciencias y la ingeniería sean materias divertidas, y no algo abstracto sólo entendible para los alumnos más brillantes. Y en las universidades, muchos países, como Finlandia, ponen límites a la cantidad de alumnos que pueden estudiar cada carrera, de manera que las universidades pueden decidir cuántos científicos y cuántos licenciados en literatura medieval quieren diplomar todos los años.

Eugenia Garduño, directora para México y América Latina del Centro de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), el club de países industrializados que administra el test PISA de estudiantes de 15 años en todo el mundo, dijo que cuando los jóvenes ya están en la escuela secundaria, ya es demasiado tarde para estimularlos a seguir carreras científicas o técnicas: hay que hacerlo desde el preescolar. “Ya en el prekínder se empiezan a definir las tendencias de los estudiantes”, señaló. “Por eso es crucial que, desde antes de que los niños entren en la escuela, sean involucrados en actividades científicas, especialmente las niñas y los estudiantes de familias más pobres, que son los dos grupos más vulnerables en matemáticas y ciencias.” Los países que han creado programas preescolares para atraer a estos dos grupos poblacionales a las matemáticas y las ciencias, y que envían a los mejores maestros a las escuelas que más los necesitan, son los que más están aumentando sus puntajes promedios en los exámenes estandarizados PISA, agregó.

Tercer secreto: Derogar las leyes que matan la innovación

La mayoría de los países latinoamericanos deben simplificar los trámites para abrir o cerrar una empresa, adoptar leyes que hagan respetar la propiedad intelectual, y modificar sus leyes de quiebras para no castigar excesivamente a quienes fracasan en un emprendimiento. En el nuevo mundo de la innovación productiva, en el que las empresas se inventan, reinventan, mueren y renacen constantemente, hay que hacer que la apertura y cierre de empresas sea lo más fácil posible.

Aunque varios países latinoamericanos, como Chile y México, han reducido sus trabas burocráticas a la creación de nuevas empresas, muchos otros siguen estando entre los campeones mundiales de la “tramitología”. En Argentina se requieren 14 trámites para registrar una nueva empresa, en Brasil y Ecuador 13 trámites, y en Venezuela nada menos que 17 trámites, que por lo general duran varios meses y requieren pagos de sobornos a varios inspectores, según datos del Banco Mundial. Ante semejantes trabas, y los costos en sobornos que hay que pagar para “agilizar” los trámites, no es casual que muchos emprendedores latinoamericanos operen en la economía subterránea, o que nunca lleguen a materializar sus proyectos.

Y si a eso le sumamos leyes que no protegen con suficiente rigor la propiedad intelectual, los estímulos para la innovación son aún menores. Cuanto más temor hay de que a uno le roben una idea, menos incentivos hay para tratar de convertirla en realidad. En muchos de nuestros países, la piratería intelectual no sólo no es combatida, sino que es un pasatiempo dominguero protegido por las autoridades: basta ir al gigantesco mercado negro de La Salada en la provincia de Buenos Aires de Argentina, o al mercado Tepito de la Ciudad de México, o a los centros San Andresito de Bogotá o Cali en Colombia, o al mercado de La Bahía de Guayaquil, en Ecuador, para poder comprar reproducciones ilegales de música, películas, videojuegos, programas de computación, ropa o productos farmacéuticos a precios ínfimos. Muchos de quienes compran en estos mercados negros lo ven como una picardía inofensiva, que en el peor de los casos afecta sólo a empresas multinacionales que ya ganan suficiente dinero. Pero pocos saben que la piratería intelectual no sólo afecta a las empresas extranjeras, sino también a las locales. En muchos casos, hace que potenciales innovadores ni siquiera intenten poner en marcha sus proyectos, o que nadie quiera financiarlos, ante la imposibilidad de competir con productos pirateados.

Cuarto secreto: Estimular la inversión en innovación

No es ningún secreto que los países que más invierten en investigación y desarrollo suelen ser los que más inventos patentan, y los que más productos nuevos sacan al mercado. El país del mundo que más invierte en investigación y desarrollo es Israel, que destina 4.3% de su producto interno bruto a este rubro, y en relación con su tamaño es uno de los que más patentes registra a nivel mundial. Le siguen Finlandia, con una inversión de 4% de su producto interno bruto en investigación y desarrollo, Japón con 3.3%, Estados Unidos con 3%, Alemania con 2.8%, y Francia con 2.2%, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Comparativamente, Brasil destina 1.2% de su PIB a la investigación y desarrollo, mientras que todos los demás países latinoamericanos invierten menos de 1% de sus respectivos productos internos brutos en este rubro.

El segundo gran problema de la falta de inversión en innovación en Latinoamérica es que la mayor parte del dinero es desembolsado por los gobiernos, a través de las universidades públicas, y no por las empresas privadas que son las que mejor conocen el mercado. El secreto de los países más exitosos en innovación, tanto Israel, Finlandia, Estados Unidos y los países de la Unión Europea, como los que están avanzando muy rápido, como China, es que una gran parte de su inversión en investigación y desarrollo es realizada por empresas privadas. Mientras en Estados Unidos casi 70% de toda la inversión en investigación es realizada por empresas privadas, en Argentina este porcentaje es de apenas 21%, en México es 43% y en Brasil 46%, según datos de la Organización de Estados Iberoamericanos. Muchas veces, en Latinoamérica, quienes toman las decisiones sobre dónde y en qué invertir son funcionarios gubernamentales, cuyo conocimiento y experiencia en el desarrollo de productos potencialmente comercializables es escaso o nulo.

El papel de las empresas y universidades

Según la OIA, la escasa colaboración entre empresas privadas y las universidades en América Latina se debe en gran parte a un “choque de culturas”. Mientras que las universidades latinoamericanas se ven a sí mismas como productoras de conocimiento puro, no contaminado por intereses comerciales, las empresas privadas se ven a sí mismas como exclusivamente dedicadas a aumentar sus ganancias. Esto está empezando a cambiar, aunque muchos profesores e investigadores latinoamericanos todavía consideran más prestigioso escribir un artículo académico sobre algún tema hipotético que colaborar con una empresa privada para inventar una nueva tecnología o un nuevo producto. En los países más innovadores, las propias universidades han creado empresas privadas para producir patentes conjuntas de profesores, investigadores y empresas privadas. En la Universidad Hebrea de Jerusalén, en Israel, los directivos de Yissum, una empresa de la universidad que cada ciertos meses llama a cada profesor y le pregunta si tiene algún nuevo descubrimiento que pueda ser ofrecido al sector privado. En caso positivo, Yissum se encarga del papelerío para registrar una patente a nivel internacional, que es un proceso largo y costoso, y de encontrar empresas o inversionistas privados interesados en el proyecto. Y si la patente que se registra al final del proceso es exitosa y se traduce en un producto con salida comercial, se dividen las ganancias entre el profesor o investigador (40%), la universidad (otro 40%), y el laboratorio de la universidad que participó en el proyecto (el restante 20%). En ese ecosistema, los profesores que han generado una patente son las estrellas de sus universidades. Yissum ha registrado ya 8.300 patentes de unas 2.400 invenciones para la Universidad Hebrea de Jerusalén, muchas de las cuales fueron adquiridas por compañías como IBM, Bayer, Merck o Microsoft. ¿No sería urgente que todas las grandes universidades latinoamericanas crearan su propia Yissum, tocándoles la puerta cada seis meses a sus profesores para ver que han inventado que pueda ser traducido en un producto patentable?

Los inversionistas de riesgo

El tercer gran desafío para estimular la innovación en Latinoamérica es hacer que surjan inversionistas de riesgo, dispuestos a arriesgar sus inversiones en start-ups, o empresas que recién empiezan y que tienen grandes posibilidades de fracasar. Luis von Ahn, el guatemalteco que fundó la empresa de cursos de idiomas gratuitos por internet Duolingo, y que le vendió algunos de sus inventos anteriores a Google, ha dicho que en Estados Unidos logró juntar 40 millones de dólares de inversionistas de riesgo para su proyecto de Duolingo, algo que difícilmente podría haber logrado en algún país latinoamericano.

“Las compañías de inversiones de riesgo que invirtieron en Duolingo saben que la posibilidad de que no recuperen su dinero es de 95%, porque la posibilidad de que un start-up tecnológico falle es de 95%. Pero ésa es, precisamente, la idea de una inversión de riesgo”, dice Von Ahn. “Hacen la inversión con la idea, y eso es lo que falta en Latinoamérica, de que si invierten en 100 start-ups, y todas son de alto riesgo, 95 de ellas van a fallar, pero 5 de ellas van a ser el próximo Google o el próximo Twitter. Y con esas 5 van a pagar por todo el resto, y aún van a ganar mucho dinero.”

Von Ahn me dio como ejemplo la compra de WhatsApp por Facebook en 2014. Cuando se dio a conocer la noticia, todos los periódicos reportaron que Facebook había pagado la astronómica suma de 19.500 millones de dólares a los dos fundadores de WhatsApp, pero pocos señalaron que los inversionistas de riesgo que habían invertido en WhatsApp probablemente también ganaron inmensas fortunas con la transacción. “Los inversionistas de riesgo saben que nunca van a ganar 19.500 millones de dólares invirtiendo en restaurantes, y por eso escogen invertir en start-ups tecnológicas, por más riesgosas que sean, explicó Von Ahn. Tenemos que crear esa cultura de inversión de riesgo en nuestros países, porque la mentalidad de muchos inversionistas en Latinoamérica es: ‘Te voy a dar, pero quiero que me garantices una probabilidad de 100% de que vamos a recuperar la inversión’. En cambio, los inversionistas de riesgo saben que la mayoría de sus proyectos van a fallar, pero no les importa, porque con un proyecto grande que logre triunfar van a ganar más que con cualquier otra inversión.”

¿Y cómo crear inversionistas de riesgo? Von Ahn admitió que no es fácil, pero agregó que tal vez los gobiernos pueden dar incentivos fiscales a quienes hagan este tipo de inversiones. No sería mala idea. Los inversionistas de riesgo son uno de los motores de Silicon Valley, y uno de los factores clave de la mayoría de los ecosistemas de innovación exitosos.

Las inversiones colectivas del crowdfunding

Por suerte, hay otras fuentes de crédito novedosas como el crowdfunding, que les permiten a los innovadores recaudar fondos a través de contribuciones individuales de miles de pequeños inversionistas mediante sitios de internet como kickstarter.com. Cada vez más innovadores en países con poco acceso a préstamos bancarios están materializando sus proyectos gracias a estas recaudaciones por internet. Esta es una forma de incentivar la innovación.

Quinto secreto: Globalizar la innovación

Cada vez más, la innovación es un proceso colaborativo, muchas veces abierto y público, como en el caso de Jordi Muñoz, Bre Pettis y los makers, o el de los científicos como Rafael Yuste, que requiere estar en contacto cercano y en tiempo real con quienes trabajan en proyectos parecidos en todo el mundo. Y para lograr eso, hace falta globalizar la educación y la investigación, algo que han empezado a hacer, tardíamente, pero en buena hora, países como Chile y Brasil, pero que están lejos de hacer la mayoría de los demás países latinoamericanos.

A diferencia de lo que ocurre en Asia, la mayoría de los países latinoamericanos no permiten universidades extranjeras en su territorio, ni tienen convenios de titulación conjunta con las mejores universidades del primer mundo. Lo que es aún peor, muchas universidades latinoamericanas no exigen más que un conocimiento básico de inglés, que, nos guste o no, se ha convertido en la lengua franca de la ciencia y la tecnología mundial. En China, a pesar de ser un país comunista, y de tener un alfabeto diferente, se ha avanzado a pasos agigantados en el aprendizaje de inglés desde que el gobierno fijó la “internacionalización de la educación” china como una de sus principales metas quinquenales. Hace más de una década, China decretó la enseñanza obligatoria del inglés en todas las escuelas públicas, cuatro horas por semana, desde el tercer grado de la escuela primaria. El impacto ha sido inmediato.

En parte gracias a eso, China, Corea del Sur, Singapur, Vietnam y otros países asiáticos de todos los colores políticos están enviando a muchos más estudiantes a graduarse en ciencia y tecnología en universidades de Estados Unidos, Canadá, Europa y Australia, donde para entrar se requieren aprobar exámenes de inglés. Según el estudio Open Doors del Instituto de Educación Internacional de Estados Unidos, en 2013 había en las universidades estadounidenses 235.000 estudiantes de China, 97.000 de India, 71.000 de Corea del Sur, 45.000 de Arabia Saudita, 20.000 de Vietnam, 16.000 de México, 11.000 de Brasil, 7.000 de Colombia, 6.000 de Venezuela, 2.500 de Perú, 2.400 de Chile y 1.800 de Argentina.

¿Cómo explicar que un país como Corea del Sur, con una población de menos de la mitad que la de México, tenga cuatro veces más estudiantes en las universidades estadounidenses que México, el país latinoamericano con más estudiantes universitarios en Estados Unidos? ¿Y cómo explicar que Vietnam, un país comunista, con otro alfabeto, tenga más jóvenes preparándose en las universidades estadounidenses que México? La primera explicación es que los países asiáticos, desde que China inició su exitoso giro hacia el capitalismo en 1978 y comenzó a reducir la pobreza a pasos acelerados, se han zambullido de lleno en la globalización, mientras que los latinoamericanos nos hemos quedado sentados mirando de lejos, y aferrándonos a viejas ideologías nacionalistas y estatistas del siglo XIX. El otro motivo, según señalan varios rectores de universidades estadounidenses, es mucho más sencillo: muchos estudiantes latinoamericanos no tienen la suficiente preparación en inglés como para aprobar los exámenes de idiomas que requieren las universidades estadounidenses.

¿Por qué aplaudimos la globalización en el fútbol y no en las ciencias?

Los países latinoamericanos deberían aceptar y aprovechar al máximo las ventajas de la globalización de las ciencias, tal como lo hacen en el fútbol. Como se vio en el último mundial, el fútbol es una de las actividades más globalizadas del mundo: casi todos los jugadores de las selecciones latinoamericanas juegan en el extranjero, y gustosamente regresan a sus países periódicamente para jugar con sus selecciones nacionales. Eso no ocurre sólo con potencias futbolísticas como Argentina o Brasil, cuyas estrellas desde hace mucho tiempo juegan en las principales ligas europeas, sino con países más pequeños, como Costa Rica y Chile.

Estos dos países, entre otros, lograron resultados históricos en el último mundial en buena parte porque sus jugadores adquirieron experiencia en las ligas europeas, compitiendo con los mejores del mundo. El equipo de Costa Rica, que pasó a cuartos de final en el mundial de 2014 por primera vez en su historia, estaba integrado por jugadores que militan en clubes de España, Estados Unidos, Bélgica, Noruega, Alemania, Suiza, Dinamarca, Holanda y Grecia. De los once integrantes del equipo tico, sólo dos jugaban en Costa Rica.

La globalización del fútbol ayudó a que países sin un gran historial futbolístico puedan jugar de igual a igual, sin complejos, frente a los más grandes. En la copa del 2014, Costa Rica le ganó a Italia y empató con Inglaterra, algo que hubiera sido impensable hace algunos años. Chile derrotó a España. Tanto España como Inglaterra e Italia fueron eliminadas por rivales mucho más pequeños. En la mayoría de los países latinoamericanos ya hay una aceptación generalizada de que la globalización ha ayudado a mejorar la calidad de sus jugadores. ¿Por qué no aceptar lo mismo con los científicos? ¿Por qué muchas veces los descartamos como parte de un fenómeno de “fuga de cerebros”, un concepto del siglo XIX, en lugar de aprovecharlos como parte de un nuevo fenómeno conocido como “circulación de cerebros”?

En el mundo globalizado del siglo XXI, los países que más progresan generan una “circulación de cerebros” que beneficia tanto a los países emisores como a los receptores. Tal como lo hacen China, Corea del Sur y otras potencias tecnológicas emergentes que mandan a un porcentaje mucho mayor de sus científicos al exterior, los países latinoamericanos tienen que alentar a sus científicos más promisorios a trabajar con las mayores eminencias científicas del mundo, y a que regresen periódicamente a su tierra natal para enseñar o colaborar en proyectos de investigación, así como lo hacen los jugadores de fútbol con sus seleccionados nacionales cada cuatro años para la Copa del Mundo. Cuanto mayor “circulación de cerebros”, más competitivos serán nuestros científicos, y más posibilidades habrá de que tengamos un Steve Jobs, un Messi de las ciencias o un Neymar de la tecnología.

Los programas estudiantiles de Chile, Brasil y México

Por suerte, algunos países latinoamericanos ya se han puesto las pilas. Chile en 2008, todavía durante el primer gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, creó un fondo de 6.000 millones de dólares para otorgar 6.500 becas anuales a estudiantes chilenos para hacer estudios de posgrado en Estados Unidos y otros países en las mejores universidades del mundo. En 2011, Brasil le siguió los pasos con un ambicioso programa llamado Ciencias sin Fronteras, que se propuso enviar a 100.000 graduados en ingeniería, ciencia y tecnología a sacar sus títulos de posgrado en el exterior. El ministro de ciencia y tecnología de Brasil, Aloizio Mercadante, anunció que, bajo el nuevo programa, el gobierno dará 75.000 becas, y el sector privado las otras 25.000, para que los estudiantes saquen maestrías y doctorados “en las mejores universidades del mundo”.

Y en 2013, el gobierno de México anunció su propio megaproyecto de globalización estudiantil, llamado Proyecta 100.000. Bajo el programa, México se propuso duplicar sus 16.000 estudiantes en las universidades de Estados Unidos a 27.000 en el 2014, 46.000 en el 2015, y así sucesivamente hasta llegar a 100.000 estudiantes mexicanos en universidades estadounidenses en el 2018. En otras palabras, el gobierno mexicano esperaba llegar a un total acumulado de 319.000 estudiantes mexicanos en las universidades de Estados Unidos. Y, paralelamente, el presidente estadounidense Barack Obama llevaba adelante su plan de Fuerza de 100.000 en las Américas, destinado a elevar a 100.000 el número de estudiantes latinoamericanos en universidades de Estados Unidos para el año 2020.

Aunque está por verse si estos programas lograrán cumplir sus metas, de hecho, la mayoría de ellos están avanzando más lentamente de lo anunciado, la buena noticia es que por lo menos algunos países se han dado cuenta de la necesidad de globalizar la educación, y poner a sus científicos y técnicos a trabajar con los principales centros de investigación e innovación del mundo.

Es cierto que algunos de los científicos e ingenieros latinoamericanos que van a estudiar o trabajar al extranjero no volverán. Sin embargo, tal como se ha dado en China, India, Corea del Sur y varios otros países con grandes cantidades de estudiantes en el exterior, incluso los que se quedan en Estados Unidos contribuyen a acelerar el desarrollo de sus países natales, ya sea como inversores extranjeros, emprendedores, profesores visitantes o colaboradores en proyectos científicos. El secreto es que sus países de origen les den la oportunidad de hacerlo. Hay que convertir lo que antes se llamaba la “fuga de cerebros” en una “circulación de cerebros”, e incluso en una “ganancia de cerebros” para los países emergentes.

Los países ya no competirán por territorios, sino por talentos

Chile y Brasil también lanzaron recientemente programas para importar innovadores. No es broma: ambos países han creado incentivos económicos para atraer a jóvenes emprendedores de todo el mundo, bajo la premisa de que los países que más progresan ya no compiten por territorios, sino por talentos. Así como en el Silicon Valley de California se concentran las mejores mentes de la tecnología mundial, Chile y Brasil quieren crear sus propios enclaves de innovación tecnológica.

Brasil, siguiendo los pasos de Chile, lanzó en 2013 un programa que ofrece a emprendedores tecnológicos, tanto nacionales como extranjeros, casi 100.000 dólares de ayuda gubernamental, además de espacio gratuito para oficinas, asesoramiento empresarial y servicios legales y contables. Bajo el programa público-privado llamado Startup Brasil, está planeado que hasta 25% de las empresas beneficiadas sean extranjeras, y sus directivos obtengan visas de residencia. El director operativo de Startup Brasil, Felipe Matos, dijo que 909 empresas aspirantes, entre ellas unas 60 de Estados Unidos, se postularon para la primera ronda de 50 empresas ganadoras. Curiosamente, Estados Unidos fue el país extranjero de donde más postulaciones vinieron.

“Queremos atraer mentes interesantes, y gente que pueda ayudarnos a volvernos más competitivos”, dijo Matos. ¿Por qué un joven emprendedor tecnológico de Estados Unidos querría mudarse a Brasil, uno de los países del mundo con más trabas burocráticas para abrir y manejar una empresa?, Matos respondió: “Hay mucho más terreno para crecer en Brasil que en las economías maduras. Brasil es el mayor mercado de consumo de Latinoamérica. Tiene 80 millones de usuarios de internet, y apenas están empezando a comprar cosas en línea”.

En Chile, cuyo programa gubernamental Startup Chile se inició en 2010 y está dedicado exclusivamente a emprendedores extranjeros, principalmente de empresas de internet, el gobierno ofrece 40.000 dólares a cada emprendedor, además de una visa de trabajo y oficinas gratis. Ya se han postulado más de 7.200 emprendedores de más de 50 países, de los cuales han sido seleccionados 670, la mayoría de ellos jóvenes de un promedio de 27 años de edad, según dijo el director ejecutivo de la institución, Horacio Melo.

De los 670 start-ups seleccionados, más de 160 eran de Estados Unidos. Startup Chile se concentra exclusivamente en atraer a talentos tecnológicos extranjeros, y no los obliga a quedarse en el país. Después de pasar seis meses en Chile e iniciar sus empresas, además de cumplir con otros requerimientos, como compartir experiencias con emprendedores locales y hablar en universidades, los beneficiarios de estos fondos pueden volver a sus países de origen, o ir adonde quieran. Un 30% se queda en Chile. Cuando se le preguntó a Melo, cómo logra convencer a un emprendedor estadounidense de que inicie su start-up en Chile, Melo respondió: “Porque aceptamos start-ups en etapas muy tempranas, cuando todavía son muy riesgosas para inversionistas ángeles en Estados Unidos. Entonces, vienen a Chile, prueban sus hipótesis, validan que esa hipótesis funcionan, y disminuyen los riesgos para potenciales inversionistas”.

Obviamente, Startup Brasil y Startup Chile son proyectos todavía demasiado incipientes como para aspirar a crear nuevos Silicon Valleys en Latinoamérica. Pero, al igual que los planes de aumentar las becas de posgrados en el exterior, van a ayudar a crear la circulación de talentos que tanto ha beneficiado a China, India, Corea del Sur y otros países emergentes en décadas recientes. Y el número de postulantes extranjeros que han recibido muestra que la idea de atraer mentes creativas de todo el mundo hacia Latinoamérica no es un proyecto descabellado.

La esperanza de américa latina

Afortunadamente, lo que no falta en América Latina es talento, creatividad y audacia para hacer cosas nuevas, tanto a nivel nacional como a nivel individual. Los países latinoamericanos, lejos de ser sociedades anquilosadas y temerosas de experimentar con lo desconocido, han estado en la vanguardia mundial en temas como la elección de mujeres para la presidencia, en muchos casos les salió el tiro por la culata, pero ésa es otra historia, los subsidios condicionados a la asistencia escolar, la compra masiva de laptops escolares, el casamiento gay y la legalización de la marihuana. Algunas de estas decisiones no han tenido un final feliz, pero sólo pueden haber surgido de sociedades dinámicas y abiertas a la experimentación. Eso es una buena señal.

Muchas ciudades latinoamericanas ya están en la vanguardia de la innovación urbana. Medellín, en Colombia, fue seleccionada en un concurso organizado por The Wall Street Journal y CitiGroup como la ciudad más innovadora del mundo en 2013, ganándole a competidoras como Nueva York y Tel Aviv. Veinte años atrás, Medellín era conocida como la capital mundial de la cocaína. Pero en apenas dos décadas, con una estrategia de “acupuntura urbana” que consiste en realizar obras del primer mundo en las zonas más rezagadas para integrarlas al resto de la ciudad, Medellín logró reducir en casi 80% su tasa de homicidios, y convertirse en una urbe mucho más vivible y próspera.

Por ejemplo, Medellín inauguró en 2011 una gigantesca escalera mecánica de casi 400 metros de longitud en uno de sus barrios más marginales y, hasta hace poco, peligrosos. La escalera mecánica, dividida en seis trayectos, le ha permitido a los habitantes de la Comuna 13, una de las más pobres de Medellín, bajar las laderas del cerro donde se encuentra y acceder a la estación del metro que conecta con el centro de la ciudad. Hasta entonces, muchos de los 140.000 habitantes de la Comuna 13 habían tenido que escalar unos 350 peldaños, casi la altura del rascacielos más alto de Nueva York, para llegar a sus casas, algo que les hacía prácticamente imposible trabajar en la ciudad.

En Buenos Aires, Lima y Guayaquil se han hecho cosas igualmente novedosas. El gobierno de la capital argentina, además de instalar un sistema de wi-fi gratuito para todos los estudiantes de escuelas públicas de la ciudad, anunció en 2014 que estaba mudando su sede de gobierno a un edificio super moderno en Parque de los Patricios, uno de los barrios más postergados de la ciudad. El gobierno municipal ya había creado un parque tecnológico en ese barrio, con incentivos económicos para que las principales empresas y universidades se mudaran allí. La nueva sede del gobierno municipal fue encomendada al estudio de Lord Norman Foster, uno de los arquitectos más famosos del mundo, que entre otros edificios ha construido la sede del parlamento de Alemania y el futurista aeropuerto de Beijing. Lima y Guayaquil, que hasta hace una década estaban entre las ciudades más feas de Latinoamérica, se han convertido en centros turísticos gracias a sus nuevos bulevares marítimos que les han cambiado la cara de la noche a la mañana.

En Ciudad de México, se han realizado experimentos urbanos fascinantes, como las clínicas de atención médica en las estaciones del metro, por donde circulan diariamente unas cinco millones de personas, donde uno puede hacerse desde un análisis de sangre u orina hasta la prueba del sida. Las clínicas de salud, ubicadas en las principales intersecciones de las vías del metro, han ayudado a reducir la congestión de pacientes en los hospitales y a prevenir enfermedades.

“Han venido desde China y muchos otros países a ver nuestras clínicas en el metro, y todos dicen: ‘¡Qué maravilla!’ ”, dijo el doctor Armando Ahued, el Secretario de Salud del Distrito Federal. “Hacemos 19 exámenes de laboratorio en el metro para detectar las 66 enfermedades más comunes, y lo hacemos gratuitamente para quienes no tienen seguridad social. La gente se puede hacer un examen de sangre, y pasar al día siguiente a buscar los resultados.”

Y a nivel personal, sobran los ejemplos de innovadores latinoamericanos que están triunfando, como el peruano Gastón Acurio, el mexicano Jordi Muñoz, el argentino Emiliano Kargieman, el chileno Alfredo Zolezzi, el guatemalteco Luis von Ahn y otros cuantos más. Hay muchos otros en Colombia, Venezuela y otros países, tan destacados como ellos o más.

Muchos de ellos, es cierto, están triunfando fuera de sus países natales. El gran desafío, ahora, es crear ecosistemas favorables a la innovación , una cultura que fomente la creatividad, celebrando a los innovadores, admirando a los emprendedores y tolerando sus fracasos, para que puedan florecer muchísimos más como ellos en sus propios países. Se puede lograr, y muy pronto, porque sobra el talento, y porque los pasos para lograrlo, como los cinco secretos que acabamos de mencionar, han sido suficientemente probados en otras partes del mundo.

Las pruebas están a la vista. Hay países de todas las tendencias políticas, desde la dictadura comunista de China, hasta la dictadura de derecha de Singapur, o las democracias como Corea del Sur, Taiwán, o Finlandia, que han prosperado mucho más que los países latinoamericanos en los últimos cincuenta años gracias a que le apostaron a la educación y a la innovación. Estos países producen cada vez más patentes de nuevas invenciones, que multiplican cada vez más sus ingresos y reducen cada vez más la pobreza. Al igual que ellos, es hora de que en Latinoamérica entremos de lleno en la era de la economía del conocimiento, y entendamos que el gran dilema del siglo XXI no será “socialismo o muerte”, ni “capitalismo o socialismo”, ni “Estado o mercado”, sino uno mucho menos ideológico: innovar o quedarnos estancados, o para ponerlo en términos más dramáticos: crear o morir.

Fuente: Tomado y adaptado del libro Crear o Morir de Andrés Oppenheimer


 

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