A mediados de la segunda década del siglo XXI, el boom de las materias primas que tanto había beneficiado a muchos países latinoamericanos en la década anterior llegó a su fin, y los países que se habían confiado en sus exportaciones de materias primas, sin invertir en educación de calidad, ciencia, tecnología e innovación, estaban empezando a sufrir las consecuencias. La fiesta llegó a su fin. El crecimiento económico de la región, que había llegado a un promedio regional de casi 6% a mediados de la década del 2000 al 2010, y en algunos países, como Argentina, había llegado a 9%, generando un triunfalismo que llevó a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a ufanarse de que el país estaba creciendo a “tasas chinas” cayó a un promedio regional de 2.2% en 2014, y a una tasa aún menor en Argentina y Venezuela.

Incluso México, Colombia, Perú y otros países que estaban creciendo por encima del promedio regional, lo estaban haciendo por debajo de lo que necesitaban para darle empleo a los millones de jóvenes que se integraban todos los años a su fuerza laboral. El gran desafío de la región, más que nunca, era mejorar dramáticamente la calidad de la educación, incentivar la innovación y exportar productos de mayor valor agregado, para no quedarse cada vez más rezagada del resto del mundo.

¿Cómo recuperar el tiempo perdido? ¿Podremos competir con Corea del Sur, Singapur, Israel y otros países que se han convertido en potencias tecnológicas en años recientes? Por supuesto que sí. Sin embargo, deberemos hacer mucho más que tratar de producir genios de la computación. Aunque la prensa suele identificar la innovación con el internet, y con innovadores como Bill Gates y Steve Jobs, la innovación es mucho más que eso. Nuestros países deben innovar ya sea inventando nuevos productos de cualquier orden (lo que comúnmente se llama la “innovación de producto”), o descubriendo formas de producir más eficientemente productos existentes (lo que se llama la “innovación de proceso”). Lo importante es innovar, crear productos o procesos de todo tipo, y de cada vez mayor valor agregado, que puedan ser vendidos globalmente y no quedarse estáticos. Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

No sólo los países, sino también las personas deberemos reinventarnos constantemente para salir mejor parados en la nueva economía de la creatividad del siglo XXI. Cada vez más gente trabajará en empleos que no existían cuando ingresaron en la escuela primaria. La Revolución Industrial que traerán las impresoras 3D, los robots y el “internet de las cosas” hará desaparecer muchos empleos y creará muchos nuevos. Los carros que se manejan solos desplazarán a los taxistas, los drones comerciales reemplazarán a los camiones de reparto de paquetes de Fedex o UPS, y los robots, como ya viene sucediendo, especialmente desde el reciente encarecimiento de la mano de obra en China, se harán cargo de cada vez más trabajos manufactureros. Y por el otro lado, surgirán nuevos empleos, como los controladores de los taxis que se manejen solos, o los operadores de drones, o los consejeros que nos asesorarán sobre qué modelo de robot comprar para las tareas específicas que les queramos asignar en nuestros hogares o negocios. Cada vez más serán menos requeridos los empleos industriales para realizar los trabajos manuales repetitivos que caracterizaron el siglo pasado, y serán más requeridos los trabajos intelectuales y creativos. Estamos en la era de la creatividad.

Mi generación la tuvo fácil: nosotros teníamos que ‘encontrar’ un empleo. Pero cada vez más, nuestros hijos deberán ‘inventar’ un empleo, señaló Thomas Friedman en una columna de The New York Times. Por supuesto, los que tengan más suerte lograrán ‘encontrar’ su primer trabajo, pero considerando la rapidez con la que está cambiando todo, hasta estos últimos deberán reinventar, readaptar y reimaginar ese empleo mucho más de lo que tuvieron que hacerlo sus padres.

Todo indica que cada vez más trabajaremos por menos tiempo para más empresas o para nosotros mismos. Ya está ocurriendo: según estadísticas del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, el promedio de tiempo que los trabajadores asalariados estadounidenses llevan en sus empleos actuales es de apenas 4 años y 7 meses. Y entre los jóvenes, la permanencia en los trabajos es aún más corta: los jóvenes asalariados de entre 25 y 34 años pasan un promedio de apenas 3 años y 2 meses en el mismo empleo. Los días en que muchos se quedaban toda su vida laboral o gran parte de ella en una misma empresa han pasado a la historia. Para cada vez más gente en Estados Unidos, y en todo el mundo, reinventarse será un imperativo constante de la vida laboral.

Por suerte, quizás todo esto no será tan trágico como suena a primera vista, porque hoy en día ya es mucho más fácil inventarse un trabajo de lo que era hace una década, por lo menos para quienes han recibido una educación de calidad. Gracias a la democratización de la tecnología, hay cada vez más jóvenes que se crean sus propios trabajos, como los diseñadores de páginas web, o los proveedores de todo tipo de productos y servicios por internet. Y el marco de los empleos por cuenta propia se ha ampliado enormemente: cada vez más, el internet nos posibilita vender nuestros productos en mercados locales, o acceder a empleos de cualquier parte del mundo. Y gracias a las nuevas fuentes de crédito, como el crowdfundingel sistema de recaudación colectiva de fondos para productos en gestación, tendremos cada vez más oportunidad de conseguir dinero para nuevos proyectos. Hoy en día, los jóvenes tienen acceso a un mundo de posibilidades que no tenían sus padres. Pero para que puedan aprovechar estas oportunidades, no sólo deberemos ofrecerles una educación de mejor calidad, como la que se mide en los test PISA y otros exámenes internacionales estandarizados, sino también ofrecerles un marco propicio para el emprendimiento y un nuevo tipo de educación: la educación creativa.

Latinoamérica: muy atrás en innovación.

Un extenso estudio del Banco Mundial sobre la innovación en Latinoamérica, publicado en 2014 con el título Muchas empresas, pero poca innovación, ofreció una fotografía sombría de la creatividad productiva en la región. El estudio concluía que “América Latina y el Caribe sufren de un rezago en innovación. En general, sus emprendedores introducen nuevos productos menos frecuentemente, invierten menos en investigación y desarrollo, y registran menos patentes que los emprendedores de otras partes del mundo”.

Las estadísticas hablan por sí solas, todos los países de Latinoamérica y el Caribe juntos presentan apenas unas 1.200 aplicaciones anuales de patentes de nuevas invenciones ante la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), lo que constituye apenas 10% de las 12.400 patentes que presenta Corea del Sur anualmente ante esa institución de las Naciones Unidas. También Israel, con sólo 8 millones de habitantes, registra más solicitudes de patentes de nuevas invenciones que todos los países latinoamericanos y caribeños juntos, con sus casi 600 millones de habitantes.

Parte del problema es la escasa innovación en las empresas latinoamericanas, que muchos adjudican a la falta de visión de los empresarios de la región, y que muchos de estos últimos atribuyen a marcos legales anacrónicos que penalizan la creatividad. Sea de quien fuere la culpa, lo cierto es que el promedio de las empresas latinoamericanas lanzan al mercado 20% menos de productos nuevos que sus pares en otros países del mundo emergente. Mientras que 95% de las empresas en Lituania y 90% de las empresas en Polonia reportan haber lanzado un nuevo producto al mercado en el último año, menos de 40% de las compañías mexicanas o venezolanas hacen lo mismo, según el Banco Mundial.

Quizás la estadística más alarmante es que apenas el 2.4% de toda la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en Latinoamérica y el Caribe. Mientras 37.5% de la inversión mundial en investigación y desarrollo, tanto local como extranjera, se realiza en Estados Unidos y Canadá, y 25.4% en Asia, Latinoamérica representa un porcentaje insignificante en el total de inversiones mundiales en innovación. Y la mayor parte del minúsculo 2.4% que se invierte en innovación en América Latina se concentra en apenas tres países: Brasil (donde se invierte 66% del total regional), México (12% del total regional) y Argentina (7% del total regional). Ante un panorama tan desolador, es más necesario que nunca que nuestros países adopten algunas estructuras esenciales para ingresar en el primer mundo de la innovación.

Fuente: Tomado y adaptado del Libro Crear o Morir de Andrés Oppenheimer.


 

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