Jordi Muñoz, quien a sus 23 años se hizo presidente de 3D Robotics. Imagen tomada de Forbes

Jordi Muñoz llegó a Estados Unidos a los 20 años procedente de Tijuana, México. No tenía empleo, ni papeles, ni un título universitario. Era uno de los tantos jóvenes “ni-ni”, como llaman en México a los millones de jóvenes que no estudian ni trabajan. Además, acababa de tener un hijo no buscado con su novia, Priscila.

Si alguien le hubiera dicho a Jordi Muñoz cuando tenía 19 años que a los 23 años sería el presidente de 3D Robotics, una empresa de California con más de 200 empleados, 28.000 clientes y ventas proyectadas de unos 60 millones de dólares en 2015, se hubiera muerto de risa. Lo habría tomado como una broma cruel para presionarlo a que dejara de ser un adolescente sin rumbo y sentara cabeza. Sin embargo, a los 23 años Muñoz ya era el CEO de 3D Robotics y se codeaba con los grandes de la industria aeroespacial en Estados Unidos. Su trayectoria había sido de película.

Lejos de ser un buen alumno, Muñoz fue un estudiante mediocre. De niño, lo diagnosticaron con trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Pasó por un total de cinco escuelas antes de graduarse de la secundaria. Hijo único de una familia de profesionales de clase media, su padre es un médico neuropsiquiatra y su madre es contadora, Muñoz pasó su niñez en Ensenada y Tijuana, Baja California, México.

Tenía problemas en la escuela. Padecía trastorno por déficit de atención. No se podía concentrar. Las maestras hablaban de una cosa y él siempre estaba distraído, pensando en otra cosa. En la escuela de monjas era problemático y muy revoltoso. Era el chamaco distraído y revoltoso al que las maestras no querían.

De niño, Jordi Muñoz soñaba con tener una computadora. Pero sus padres, temiendo que se pasara el tiempo jugando y se distrajera aún más de sus estudios, sólo le compraron una computadora usada cuando tuvo 10 años. Al principio, Muñoz no sabía ni cómo encenderla, pero a los pocos días ya estaba fascinado con su nueva máquina. Se quedaba 18 horas al día pegado a la computadora.

A los 14 años, el joven ya estaba diseñando su primera página web y se interesaba por todo lo que tenía que ver con la aeronáutica. Como muchos niños con síndrome de deficiencia de atención que logran controlar o superar el problema en la adolescencia, Muñoz empezó a sacar mejores calificaciones en la escuela y a llevarse mejor con sus maestros. Empezó a sacar buenas calificaciones a los 16 años y terminó la preparatoria a los 18. Nunca repitió ningún grado.

Una vez culminada la escuela preparatoria, y tras el divorcio de sus padres, Jordi Muñoz quiso mudarse a la Ciudad de México para estudiar en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), que era la única universidad que tenía una carrera en ingeniería aeronáutica. Su padre no estaba muy feliz con la idea porque en ese momento la Ciudad de México era muy insegura. A pesar de las objeciones de su padre, Muñoz se fue a la capital a tratar de ingresar en el IPN.

No lo aceptaron en el Politécnico

Jordi Muñoz presentó dos veces el examen de ingreso al IPN, pero fue rechazado en ambas oportunidades. Los cupos para estudiantes del interior del país eran más restringidos que para quienes salían de las preparatorias de la red de escuelas del Politécnico, y no le alcanzaba el puntaje para ingresar. Perdió dos años tratando de ingresar al Politécnico, y al final, regresó a Tijuana con la cola entre las patas.

En Tijuana, algo frustrado por no haber entrado en la universidad que quería para estudiar ingeniería aeronáutica, Muñoz decidió cambiar de rumbo y abrir un restaurante de tacos. Vendió a su madre un carro Volkswagen que le había regalado su padre, e invirtió el dinero en un local para poner su taquería. Su padre, cuando se enteró, entró en cólera, se enojó, porque quería que él estudiara una carrera en la universidad. Al poco tiempo, Jordi Muñoz entró a estudiar ingeniería en computación en el Centro de Enseñanza Técnica y Superior (CETyS), una de las universidades privadas más prestigiosas de Baja California.

Jordi Muñoz estudió en el CETyS durante 12 meses, hasta que su novia y compañera de escuela quedó embarazada y los dos jóvenes, asustados y conscientes de que sus padres no aprobarían sus planes, decidieron dejar los estudios y probar suerte en Estados Unidos en el año 2007.

Fue muy estresante para los dos (Para muñoz y su novia). El niño estaba en camino, él no tenía papeles y tampoco dinero. No podía trabajar durante siete meses, hasta que le llegara su permiso de residencia. Para colmo, la economía se estaba cayendo, y al poco tiempo estalló la crisis económica de 2008. Era muy difícil encontrar trabajo para Jordi.

Empezó a escribir en Blogs

En 2008, encerrado en su casa y cuidando a su niño mientras su mujer trabajaba, Jordi Muñoz comenzó a escribir en blogs de la comunidad de innovación de fuentes abiertas en internet. Cada vez más, grupos de makers estaban creando nuevos sitios de internet y foros de discusión para compartir sus ideas, con el objeto de beneficiarse de la experiencia de otros y avanzar más rápidamente en sus proyectos. Algunos de estos sitios, como Wikipedia, la enciclopedia gratuita por internet, creada por una comunidad de aficionados que aportaban su tiempo libre en forma voluntaria para crear una alternativa a las enciclopedias comerciales, ya habían logrado fama mundial. Pero estaban surgiendo a diario miles de nuevos sitios de internet para las comunidades de aficionados a todo tipo de nuevos productos.

Así fue como Muñoz dio con un blog de Anderson, el entonces director de la revista Wired. Se trataba de un foro recién creado llamado DIY Drones, cuyo nombre era una abreviación de “Do It Yourself Drones”, o “Drones hechos por uno mismo”. En ese tiempo, el blog tenía apenas 14 miembros, todos ellos individuos que habían estado experimentando por su cuenta con aviones de juguete no tripulados. Como en casi todos los foros de este tipo, la mayoría de los participantes escribía bajo seudónimos.

La primera entrada de Jordi Muñoz en el blog de Anderson empezaba pidiendo disculpas por su mal inglés. Decía así: “El inglés no es mi primera lengua, de manera que les pido perdón por los errores que haga al tratar de explicar este proyecto”. Acto seguido, Muñoz ofrecía su propuesta para solucionar un problema que había planteado Anderson, sobre cómo abaratar los costos de los pilotos automáticos para los drones hechos por amateurs.

Una prueba de genialidad

Muñoz contó en el blog DIY Drones que él había fabricado un piloto automático a partir de piezas que sacó de sus videojuegos. Usando un helicóptero de juguete que le había regalado su madre, una plataforma de electrónica muy barata llamada Arduino, y piezas de su videojuego Nintendo Wii, Muñoz construyó un aparato que Anderson y otros fanáticos de la tecnología de Silicon Valley estaban produciendo a un precio muchísimo más alto. Mientras una plataforma normal costaba 500 dólares, la plataforma de Arduino, un producto casero pre-armado, costaba apenas 30 dólares. Muñoz explicó en el blog cómo había hecho volar a su helicóptero con partes de su videojuego y a los pocos días comenzó a postear fotografías y videos de su helicóptero volando a control remoto.

Anderson, el creador del blog, recuerda que la gente comenzó a tomar nota. Otro de los blogueros escribió: “Tu inglés es muy bueno, no te preocupes mucho por las traducciones. Una foto vale más que mil palabras, y estamos fascinados con tu video. Ese helicóptero que has hecho es excelente”. Anderson también quedó impresionado. Nunca había usado el Arduino, y esto lo llevó a mirarlo más de cerca.

Comienza la colaboración entre Anderson y Jordi Muñoz

Anderson se puso en contacto con el joven Muñoz por correo electrónico para hacerle más preguntas sobre la plataforma Arduino y ambos comenzaron a intercambiar sugerencias. A medida que pasaban los meses, el director de Wired y el joven mexicano se escribieron cada vez con más frecuencia. Ambos comenzaron nuevos proyectos en el blog DIY Drones, como circuitos electrónicos para pilotear los drones. Todo lo que descubrían lo publicaban en internet, fieles a su creencia de que el beneficio de los aportes de los demás miembros de la comunidad de blogueros sería mayor que el peligro de que alguno de ellos perfeccionara sus ideas y las patentara para uso comercial. Anderson escribía entradas en su blog describiendo los progresos con Jordi y documentaba los proyectos con tutoriales en línea, enseñando como hacerlos.

A los tres o cuatro meses, Anderson le envió a Muñoz un cheque de 500 dólares por sus colaboraciones, con el propósito de mantenerlo interesado y quizás de iniciar un proyecto comercial juntos en el futuro. Poco después, Muñoz y Anderson se conocieron personalmente cuando el entonces director de Wired dio una conferencia en Los Ángeles. A partir de ese momento, la vida hasta entonces errática de Muñoz tomaría un rumbo mucho más definido.

La innovación de fuentes abiertas

Veinte años atrás, antes del nacimiento del buscador de Google, ¿cuál hubiera sido la posibilidad de que el director de Wired, la revista más leída por los nerds, con una circulación de 800 000 ejemplares, hubiera renunciado a su puesto para fundar una empresa con un joven de 20 años, recién llegado a Estados Unidos con apenas un diploma de la escuela preparatoria? Muy pocas. Pero hoy es lo más natural.

Tras renunciar a Wired para fundar 3D Robotics junto con Muñoz, en 2012, Anderson continuó divulgando sus recetas tecnológicas para aprovechar el talento de los aficionados a la tecnología en todo el mundo. Explicando su filosofía, señaló que gracias a que no opera como una empresa tradicional, que sólo contrata a sus empleados con base en su trayectoria académica o profesional, 3D Robotics puede reclutar mentes mucho más creativas.

Gracias a la innovación colaborativa que permite la comunidad de fuentes abiertas en internet, se puede lograr tener más gente, y más talentosa, trabajando para una empresa. Las redes sociales son el techo que nos cobija. El cubículo de al lado es Skype, ¿Por qué pedirle consejo a la persona que está en el cubículo de al lado en la oficina, que puede ser la mejor persona para ese trabajo o no serlo, cuando se puede, con la misma facilidad, acudir a la comunidad en línea de un mercado global del talento?

La simplicidad de las comunidades

Las compañías están llenas de burocracia, de procedimientos, de procesos de aprobación, de una estructura diseñada para defender la integridad de la organización. Las comunidades de internet, por otro lado, se forman alrededor de intereses y necesidades comunes, y no tienen más procedimientos de los que necesitan. La comunidad existe para el proyecto, y no para mantener a la compañía en la que está el proyecto.

Al poder recibir contribuciones de voluntarios de todo el mundo, en lugar de limitarse a la del ingeniero que ocupa el cubículo de al lado en la oficina, 3D Robotics se ahorra cientos de miles de dólares al año en investigación y desarrollo de nuevos productos. Mientras que una empresa tecnológica tradicional gasta un dineral en equipos de ingenieros en sus departamentos de innovación, las empresas de la comunidad de innovación abierta reciben ideas gratuitamente.

El éxito es de quien lo busca.

En 2014 la empresa de drones de Muñoz ya había recaudado 35 millones de dólares de inversionistas de riesgo, había tenido ingresos por 20 millones ese año y proyectaba triplicar sus ingresos en 2015. Muñoz ya era un joven millonario, por lo menos en papel. su compañía ya tiene plantas en California, San Diego y Tijuana, y acababa de comprar una nueva firma en Austin, Texas. La empresa ha sacado al mercado un dron comercial llamado “Iris” para consumo masivo, de sólo 700 dólares, dirigido a aficionados de la fotografía y a reporteros que quieran hacer tomas desde el aire, o a arquitectos e ingenieros que, por ejemplo, requieren imágenes desde el aire para sus obras.

Muñoz terminó sus estudios de ingeniería en línea y ya estaba pensando en retirarse como CEO para dedicarse más a lo que siempre le había interesado: la innovación.

Es difícil no poder dejar de pensar en la gran cantidad de jóvenes innovadores de Silicon Valley que se “retiran” antes de los 30 años, para divertirse con nuevos proyectos. Ojalá que su historia sea un motivo más de inspiración para miles de otros makers, que están colaborando entre sí para materializar sus proyectos colaborativos en todas partes del mundo.

Fuente: Tomado y adaptado del libro Crear o Morir de Andrés Oppenheimer


 

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